
Viví la vida de tal forma que casi pierdo a los que más amaba. La abundancia económica, riquezas materiales, hacer y conseguir lo que quisiera; la receta perfecta para faltar a mi esposa, mis hijos, a mi, a Dios.
Mi ego estaba por encima de todos, lo que me llevó a sumergirme en mi orgullo; trataba con prepotencia a los que me amaban, reclamaba todo como propio por lo que había logrado con mi "esfuerzo".
¡Hasta que lo perdí todo, o casi todo!
Perdi mi casa, carros, motos, dinero y otras posesiones que pensaba que eran vitales en mi vida. Muchos amigos dejaron de serlo y otros estuvieron ahí para extender sus manos.
Casi pierdo a mi familia. Infidelidad, irrespeto, falta de compromiso, continuos desplantes, maltrato psicológico (que puede ser peor que el físico) había derramado la copa hace mucho tiempo. Mi esposa no quería seguir. Ella oraba a Dios por un nuevo comienzo, pero nunca se imaginó que iba a ser de otra forma.
Las oraciones de mi esposa, amigos y familia me fueron acercando al señor de una forma tan sutil que cuando me di cuenta, estaba a sus pies, reconociendo mis faltas, deseando desde el fondo de mi corazón ser mejor esposo, padre, hijo, hermano, amigo.
Ha sido un camino de subidas y bajadas, tristezas y alegrías, dificultades y logros, pero el señor siempre ha estado ahí.
"Aun si voy por valles tenebrosos, no temo peligro alguno porque tú estás a mi lado; tu vara de pastor me reconforta" Salmo 23:4
Nunca dude de su existencia, pero no quería hacerlo parte de mi vida. Mi relación con Dios era "a mi manera".
Por eso doy gracias a Dios todos los días por su amor, por rescatarme. Gracias por mi familia, por darnos un nuevo comienzo con El como centro de todo.
"Por lo tanto, si alguno está en Cristo, es una nueva creación. ¡Lo viejo ha pasado, ha llegado ya lo nuevo!" 2 Corintios 5:17